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15 de Abril, 2011    General

Ese búnker de madera color caoba


Extensiones

 

 

Hoy las hojas adultas de los arces muestran un tono más obscuro de verde, debido al nuevo nublado que –antes del alba- se entrometió en el cielo que abastece de luz a las tierras Sub-Tormesinas. Una infinita canción entristece aún más esta habitación nostálgica. Piano man entona la tinta de mi pluma para que toque la clásica pero trivial ópera de los corazones quebrados.

 

Otra vez releo tus irrecuperables líneas, redondeadas con la sutil presión de tus dedos delgados. Y en cada inspección pregunto a los Cielos si la calidad de mis escrituras estará a la altura de los ángeles. Así si en el paraíso hubiese una biblioteca, llegará una fecha en que mi arrebatada sangre recorrerá sus beáticas góndolas literarias. Y encontrará alli sembrado, a su espera, el volumen de un libro con una dedicatoria a vuestro nombre. Y aquello que no anote, hará llorar a mi niño por el dolor que causa la indiferencia espontánea.

 

Aunque no acepto del todo la impiadosa lejanía que me mata de a un pedazo cada minuto que despega, me calmo con este dulzor que pareciera un oportuno nepente envolviendo a mi corazón en un escudo de palabras mágicas, para que no lo atinen nunca los venenosos dardos de la impotencia que el paciente Funebrero pordigó sobre la raza humana.

 

Antes que las azuladas mareas engullan a quienes buscaban el exilio auxiliar, la necesidad de que me juzgaras como el mejor hombre de tu vida censuró el deslizamiento circular de mi bolígrafo, cuando mis manuscritas estuvieron a medio renglón de consolar nuestra distancia.

 

Como si me imaginara lo que pudiste haber sentido al escribirme, vislumbré sobre tu perfumado papel escolar el seductor calor de tu sexo desprejuiciado, que anhelando nuestra intimidad volcaba su furia secreta encima de las hojas. Como ayer, como cuando los accidentes estaban afuera de los planes del sino que fuimos destejiendo juntos, permanezco mirando tu identificada caligrafía sin articular palabra mental. Pero no forjé una oración o un verso que expresara, con específica cabalidad, el desbordamiento de mi melancolía por aquel jardín donde cultibamos, desde la adolescencia, a ese limonero, que nos hizo sentir más pacientes, bajo la osadía de aquellos cinco veranos. Pero qué más da, si aquellas incineradas intenciones que fabricaron mis sueños con mil bienvenidas, ocuparán en mi alma el sitio que le correspondería a cualquiera de tus presencias. Y al extenderse cada línea de este escrito –archivado en el profundo cajón de las materias salteadas- se funden mis versos con todo ese futuro onírico, únicamente tangible porque a toda hora escucho tus últimos alaridos que juntaron, en una sola garganta, la península europea con aquella mortal latitud. ¿Cuánto tiempo los habrá vacilado el Sufrimiento, antes que obligadamente pudieran cambiar de asientos?

 

A medida que las trágicas prosas del desamor se convierten en fulminantes dictadoras de nuestro hoy, vamos descubriendo aquellos secretos que Dios se negó antes a revelarnos, quién sabrá por qué, cuando nuestras conquistas eran motivo para sentirnos orgullosos.mientras toda la vida se sostenía en  la mesurada balanza del equilibrio. Es como si Su intención siempre hubiera sido prepararnos con el sufrimiento y el error, para el que futuro irrefutable que nos recaerá, supiera como una trivial hiel. Y qué mal me hizo saber que el Cerrajero ha escondido las puertas de tus contenedores abrazos tras el candado de la tierra prohibida. Qué mal saber ahora que, aunque fatigue ondulantes caminos largos, escudriñados tras una ventanilla cilíndrica, no te encontraré en la dirección que tanto cuidamos los dos.

 

La última vez que besé esa frente pura, el limonero ya curtía su inmóvil madurez. Tantas cosas me quedaron por deciros, vidas mías: el tiempo ya se ha desgastado mucho como para acumular más aefctos con un devoto gracias o un apasionado te amo. Irreparablemente, las jornadas futuras se han convertido en inaprovechados ayeres. La vida se desplazada de un lugar a otro, y sólo nos queda esa placa cenicienta de epitafios... firmadas con la triunfante punta de la guadaña de Hades.

 

Cuando era pequeño, el paso de los días y las noches se componía de muchos pensamientos que ahora son inmemorables. A menudo pensé en cómo sería tu cara, eso me permitía que las horas se apurasen un poco. Pero desde que tu último viaje no alcanzó ningún puerto, los pensamientos que en mi niñez pudieron dar lugar a príncipes valerosos y castillos decorados con muchas torres, ahora únicamente son visiones de los dos cuerpos que más quería. Y uno de ellos se quedó sin minutos de sobra, para intentar ser mi doble.  Ahora deploro tanto la velocidad como la lentitud. Por momentos siento que me he convertido en una máquina que sólo sirve para dar expresiones escritas de mi dolor. Subliminalmente mis textos se inspiran en la desgracia que yo no puedo curar... Y sólo en las misteriosas fibras emocionales de la creación hallan alguna consoladora razón de ser nuestras desgracias:

 

 

 

 

 

 

 

Ya van a ser cinco años sin tenerte.

En este tiempo mi corazón

Se ha vuelto un poco hipócrita.

 

En todo ese tiempo llenado de suplicas y rezos,

Nada gané en pedirle a Dios tu vuelta.

Sólo la repetida decepción de las mañanas sin tu cuerpo.

 

Ya van a hacer cinco años sin tenerte.

En ese tiempo aprendí a cortar

Mis pensamientos en mitades….

Porque tu fantasma aún los mata como una guillotina.

 

Ya han pasado cinco años sin tenerte.

Y aprendí que tu ausencia

Exagera los relatos de la angustia.

 

¡Ah, corazón!

Te maldigo cuando mi dolor

No se queda en esta hoja,

Y las promesas, teorías y leyendas,

Resultaron ser todas una mentira.

 

Ya van a cumplirse cinco años sin tenerte.

Y poco a poco entiendo

Que mi vida serán muchos mañanas

Esperando el milagro que me traiga tu noticia.

 

Ya van a ser cinco años sin tenerte.

En ese tiempo surqué muchos dolores.

Me pregunto cuántas ansias

Habrán pasado por el sexo de tu mente,

Mientras yo no hacía otra cosa que esperarte.

 

La fantasía de un futuro juntos

Fue la ingenua sombra que me acompañó

A todos los pueblos y ciudades.

Ya han pasado cinco años sin tenerte,

Y todavía no puedo evitar seguir deseando

Aquella boca en las mañanas.

 

 

 

Ya van a hacer cinco años de desearte.

En este tiempo mi corazón

Se ha vuelto un poco hipócrita.

Y ningún escrito rompe con este sentimiento.

Que pareciera un poderoso arrecife

Aguardando las olas del olvido.

 

Ya han pasado cinco años sin tenerte.

En todo ese tiempo mi corazón

Se ha vuelto un poco hipócrita.

En aquel tiempo de infinitos anhelos de tu sexo

Desayuné ilusiones cada día...

Y cada día exacerbaba mis anhelos.

 

Ya van a hacer cinco años sin tu cuerpo.

Ahora que te escribo finjo sonrisas y fortalezas a mi vida.

Pero mi única relación con las vigilias

Es el reproche de todo lo que no hice por orgullo.

 

 

Algunas mañanas, algunas tardes, algunas noches….

Podré dedicarte algunos versos, algunas prosas.

Y tu presencia se irá temporalmente,

Para regresar en un momento inesperado.

Igual que la noche se lleva la luz de los trigales,

Y al alba regresa sin sorpresas.

 

Ya están por ser cinco años sin tenerte,

En tanto tiempo mi corazón

 Se ha vuelto un poco hipócrita.

Y celebro día a día

La lenta ceremonia del olvido.

 

 

 

 

15 de Agosto

 

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23 de Diciembre, 2010    General

Levedad de una nevada

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El post-solsticio bendijo

las tierras de sus antepasados

con la levedad de una nevada.

Permitida quedó la vejación

por mantener el clima navideño.

 

Pensamiento imposible.

Levedad de una nevada

ralló la calvicie de un castaño.

¿A partir de cuándo la vida se resume

en 12 asaltos de histérica insolencia?

 

Pisó descalzo en la levedad de una nevada.

Por milagro no se puso el apellido

que llevó su hermano Judas.

El águila y el arce sufrieron

la misma calvicie del otoño.

 

Bajo la levedad de una nevada

se quebraron en mil partes desiguales

las ramas del castaño.

Cristo nació crucificado.

 

En vísperas de vísperas cristianas

levedad de una nevada quedó sin  apreciar.

Esa chaila afiló el filo de un cuchillo helado

para trozar más al cochinillo destinado

a ser servido en el calcado banquete

un año más.

 

 

 

23 de diciembre de 2010

 

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publicado por terracota a las 09:33 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
10 de Septiembre, 2010    General

Katrina



La última vez que tomé cocaína fue en diciembre de 2005, más o menos un año atrás, en Flores, Buenos Aires. Dejo a un lado todas las justificaciones que tuve y me paro sobre el papel a confesar los recuerdos de aquellos días, con la esperanza de que su relato los entierre para siempre. De noche, recuerdo a menudo mis últimas deshonras en mi departamento de Flores.

En febrero del 2001 elegí seguir con mi mujer haciendo a un lado las tramposas promesas de aquel destructivo amor, pensando que nunca más volvería a ser victima voluntaria de sus dolorosos encantos. Confieso que a los veintitrés años no decidí hacerlo por mi propio bien. Pero Mía se merecía todo lo que yo le podía dar. Así que sin haber aprendido mucho, después de 11 meses de sufrimientos pensados como glorias, una de aquellas noches, cuando se marchó el último (no sé como llamarlo ahora, en ese tiempo les decía amigos) de mis amigos, quede sólo en casa y me detuve a pensar en Mía: en su inocencia, en su cara, y en su embarazo.

Me fije cuánto dinero me había sobrado (fíjense bien, he dicho Sobrado) y descubrí que de la fortuna heredada sólo me quedaba resto para un departamento de 1 ó 2 ambientes. Y así de golpe fui cerrando las puertas de mi casa, para permitirme una oportunidad de ser feliz junto a Mía y a nuestra pequeña Luna. Así nombraríamos a nuestra hija. Pero la perdimos al segundo mes de embarazo.

¡Cuántos recuerdos hermosos me quedan de esa mujer! No hay adjetivos ni elogios, ni siquiera el pensamiento mas extenso lleno de intensiones de la verdad, me alcanzarían para describir todo lo que esa ella significaba para mí. Para comprometernos habíamos comprado dos anillos gemelos, de oro puro. Minúsculos grabados egipcios glorificaban su belleza y también los ojos de quien los mirara.  Cuando nuestros silencios se prolongaban, ella fijaba la vista en una pequeña inscripción del dorso, y decía: ¿Ves? Éste es el símbolo de la vida, o Ésta es la diosa de la sabiduría. Mía era bibliotecaria y le gustaba Serrat. A veces hacíamos el amor con la casetera andando, y en el momento del cigarrillo, Mía escuchaba y cantaba. Ahora que recuerdo aquellos momentos, me detengo sobre la imagen de sus ojos lúcidos. Relajada y sin mirarme, pero sabiendo que estábamos ahí uno para el otro, y que el sentido de nuestras almas eran esos momentos, como una niña ingenua cantaba para el aire y para mí Una mujer desnuda y en lo oscuro. Era su preferida. ¿Qué pensaría en esos momentos? Éramos tan felices cuando estábamos juntos. Y pensar que tuve la suerte de enamorarla perdidamente.

 

Todo esto fue cuando ya había comprado el nuevo departamento. Allí pasé las mañanas más felices de mi vida… Y las noches más solitarias cuando no la tenía. Para dramatizar más, podría decir que las peores soledades las conocí cuando Mía se marchaba. Pero la verdad es que no. No entiendo qué poderes indescifrables tuvo aquella relación, pero sabía que en cualquier momento la Casualidad nos daría noticias a uno del otro. Algo que puede ilustrar mi idea son las incontables veces que estaba a punto de levantar el teléfono para llamarla, y la suave campanilla se me adelantaba, con ella del otro lado.

 

La vi por última vez en junio del 2002. Dejó de llamar en marzo del 2004.

 

Las vueltas de vida son a veces muy deshonrosas. Lo digo por cómo la necesidad nos recuerda lo le que habíamos jurado cuando uno menos se lo espera. Y quebrando nuestra palabra volvemos a caer en los mismos pozos que tanto tiempo sorteamos. Entonces recurrimos a las viejas y equivocadas salvaciones. Así, pues, luego de 4 años de abstinencia, una noche (acompañado de gente que prefiero olvidar) volví a caer en las promesas de aquel tramposo amor, como lo llamaba Fernando.

 

Fernando es mi mejor amigo del mundo entero. Está en Argentina cuidando de dos gatitos, Demóstenes y Cleopatra. El machito era suyo, y la hembra mía. Se los regalé unos días antes de navidad, ya sabiendo que me vendría a España el 21 de diciembre.

 

También con Fernando vivimos muchas cosas juntos. Muchas alegrías y muchas tristezas. Él siempre andaba quejándose de la vida, pero la mayor parte de nuestra convivencia hemos pasado momentos extraordinarios. Al ir creciendo aprendemos a aprovechar lo que Dios nos pone al alcance de nuestro camino, y nos resguardamos en los pequeños detalles que salvan una amistad. Y cuando empiezan a asomar los defectos, pronto los sepultamos momentáneamente bajo el recuerdo de las risas en complicidad o alguna vez que hemos tomado una iniciativa, o alguna pequeña ayuda que hemos dado. Por eso deberá de ser que a estas alturas del partido ya me da gracia, cuando nos recuerdo peleando por las colillas tiradas en la pileta, como si fuésemos una pareja. Los dos habíamos sufrido mucho. Será por eso que valorábamos tanto nuestra amistad. Él, estaba comenzando las enseñanzas del primer desamor. A veces lo llamo y me cuenta cómo le duele saber que ella no lo llamará nunca más. 

 

Casi todos los días discutíamos antes de que él saliese a trabajar. Fernando todavía es chofer de taxi. Se despertaba a las seis de la tarde, y todo el tiempo me andaba pidiendo cosas para la casa: Este mueble deberías correrlo hacia el otro ambiente, Compra por favor una crema de enjuague de tal marca o tal otra, No te olvides de las piedras para los gatitos. Y yo lo espera despierto casi todas las noches, hasta las 4 o las 5 de la madrugada. En esas noches ordenaba la casa, hacía las camas, usaba el ordenador, o miraba tele. Cuando nos dimos de baja el servicio de canales satelitales, fue que comencé a escribir.

 

No me atrevería a adjetivar la Argentina del año 2005.













Siempre nombrando a Fernando como si fuera un punto de referencia para que mi relato sea lo más cronológico posible, y que futuros jueces desconocidos puedan catalogar esta antología de mis memorias sin pensar que han sido escritas al azar, sin demasiado esmero, puedo decir que mi familia había querido salvarme de aquella crisis, pues me esperaban en Salamanca, España, desde hacia ya un año y medio. Para dar un ejemplo de la situación en la que nuestras populares estrategias de subsistencia se desenvolvían, puedo decir que hubo semanas en que almorzábamos mediodía por medio, y yo entonces me lamentaba recordando las consideraciones que yo había tenido con mis buenos amigos. Ya nada era como en la famosa época del trigo. Las cosas andaban mal en todo sentido. Yo ya había dejado de creer hacía mucho en las promesas políticas. He aprendido que el verdadero cambio esta dentro de cada uno.

 

Aún aquellos días y noches están en mi recuerdo demasiado vivos. Será que la nostalgia y el destierro me los han hecho recordar tantas veces que es como si me hubiera estado preparando para rendir un oral de mis vergüenzas. Salvo que no recuerdo nada en palabras: Todos los momentos de ese invierno se mantienen en mi memoria como postales indestructibles. Y ahora que el desarraigo ha ejercitado en mis mañanas la trágica necesidad de las prosas, yo cuando puedo voy resumiendo en oraciones los inexpugnables dramas y felicidades de mis últimos meses en Argentina, como sabiendo que el relato destronará de mi psiquis las alegrías pasadas, y concederá lugar a próximos aciertos o desatinos.

 

Durante la noche de mi último invierno en Buenos Aires, iba a dibujar a una plaza que quedaba a unas dos calles de mi departamento. Había mesas y bancos de amianto en el ángulo que lindaba con la avenida, con erosionados tableros de ajedrez todos mal-escritos por los chicos que dormían allí, abrigados por el plástico de los juegos. Cuando Fernando no estaba, en los mismos bancos yo lucía mi atril y mi tablero de dibujo por si la noche quería verme trabajando. De vez en cuando, mientras dibujaba, los chicos de la plaza se me acercaban, y así fui sabiendo lo que significa la vida cuando no se tiene nada. Muchas veces me salvaron de la abstinencia cuando me quedaba sin cigarrillos. Luciano, dormía con su novia en los túneles del arenero, y si alguna vez se me acababa el tabaco, yo dejaba mis lápices y mis borradores y me acercaba sigiloso hasta las rejas, fronteras de la civilización y la cama de Luciano. Entonces silbaba despacito para que Luciano se despertara. Y me salvaba la noche cuando me convidaba de a dos cigarrillos. No suelo pedir favores a desconocidos, pero al tratarse del tabaco, me atrevía a interrumpir las cenas y los tragos que servían en los bares para pedir un cigarrillo, daba igual qué marca fuera. Pero ciertamente, me sorprende una verdad que me acaba de molestar un poco. No importaba el momento, o la persona que fuese; siempre que pedí un cigarrillo a un desconocido tuve miedo al negación y a ser tratado como un delincuente. Evaluaba la cara de mis víctimas y de inspirarme confianza, les atacaba con mi insolencia para que me convidaran algo para fumar. La necesidad de evitar padecimientos superaba mi timidez. Y aunque temía a la abstinencia, siempre trataba de no molestar demasiado a la gente que no había visto nunca. Tal vez me les paraba a unos metros y esperaba a que no estuvieran haciendo nada: Por ejemplo, una vez aguardé a un muchacho rubio de traje y corbata con cara de buena gente, a que terminara su merienda en un barcito del centro suburbano. Había visto yo una cajetilla sobre su mesa y después entré despacito para que no se asustara de mí. Tenía preparado una presentación muy amable, que me había inventado en un segundo cuando aún estaba en la puerta de entrada. Claro que en esa época yo tenía entrenada mi mente para la picardía. Mi monólogo era infalible; creo haberlo utilizado con éxito en 2 ocasiones anteriores. Entonces con fe sumada a mi cortesía, le expliqué la verdad. Yo quería fumar. Pero sin importarle demasiado apartó de mis ojos los cigarrillos, y con mirada de piedra simplemente me dijo que no. Sin palabras de por medio, me di la vuelta y partí. Era la primera vez que no pude conseguir dinero para mi vicio. Y así, después de aquella vez, ya no me importó mucho lo que podían pensar de mí los desconocidos. Yo tenía diecisiete años. Es así que aprendí a no molestar mucho, pues las personas se ofenden cuando un ajeno les pide favores. Luciano en cambio no tenía inconveniente en que le despertara a la hora que fuera por cualquier problema que yo podía tener. Los chicos siempre me decían: Si llegas a tener algún drama con alguien… A la hora que sea, sólo sílbanos. Y aunque todo el barrio les temía y los marginaba, conmigo siempre se comportaron como caballeros. Me enseñaron mucho acerca de la generosidad cuando no se tiene nada. Carlitos, el mejor de todos, acabó en prisión el día que fui a despedirme de ellos.

 

Regresaba a casa cuando amanecía.

 

Mi aislamiento no era motivado por la luz solar, sino por misantropía. Y a la hora en que la sociedad sale a vivir, me paraba a la salida de los primarios, a ver si podía vender algún dibujo para comprar mi desayuno. Y algunos días tenía suerte. Entonces ahorrábamos algunas monedas para la casa. Como ya he referido, era invierno, y algunas madrugadas la neblina inoportuna humedecía el dibujo que estaba formándose sobre el lienzo. En esos momentos el silencio y el frío provocaron la aparición de mis primeros fantasmas inconscientes. Recuerdo muy bien a mi último fantasma.

 

Fue de madrugada, antes que el alba iluminara la soledad, un hombre de unos 60 años pasó a pie, con el taco sigiloso iba consumiendo la distancia a qué sabrá dónde. Único testigo de mi soledad desde hacia varias horas. Se dio vuelta para mirarme, como si intentara advertirme de algo. Y yo pensando que era un accidente de mi psicología, bajé la vista. Pensé también que miraba mi lienzo, pero cuando analicé otra vez sus ojos, me di cuenta que su expresión me era familiar. Noté sus anteojos y su cabello prolijamente muriendo en canas. Tenía la cara más bondadosa que yo recordé de todas las que había visto. Se alejó un poco más. Y se volvió otra vez para mirarme sin dejar de caminar.

 

Era la cara de mi padre.

 

Mi padre estaba en Salamanca desde hacia un año, donde poco después iba a arribar yo, un 22 de Diciembre. La noche que volví a ver a mi familia fue un festejo extraordinariamente feliz y doloroso. Yo había sufrido tanto por mi rebeldía. Y siempre recordaba las primeras palabras de Mía: Uno nunca está más a salvo en ningún lugar de la tierra que en los brazos de los padres.

 

Hace casi un año que estoy aquí. Y nunca voy a olvidar los sentimientos al ver a mi madre otra vez. ¡Habíamos tenido tantos problemas! Por eso fue que elegí quedarme en Buenos Aires. Quise averiguar qué nos había sucedido. Pero aunque en su momento pensaba de otra manera, la vida me fue enseñando que algunos deseos son meras especulaciones futuras.

 

Todo se fue empeorando después de mi accidente. Yo había abandonado cinco meses antes el Industrial. Estaba en cuarto. Ya me había intentado ir de casa una vez ese año. Pensaba que las cosas iban a ser un poco más sencillas. Pero a los pocos días hablé por teléfono con mi madre, y me propuso una oferta que no pude rechazar: Una cama calentita. Yo tenía una novia, Alicia, que también me aconsejaba, igual que Mía me aconsejaría a volver con mis padres seis años más tarde. Alicia era cocainómana. Ella tenía 22 años cuando nos enamoramos. Y un hijo, producto de una violación en la que perdería su virginidad, cinco o seis antes de que nos conociéramos.

 

Como si fuera mi invierno preferido, 1994 fue el año que recuerdo con más alegría y más tristeza. Uno cosecha lo que siembra, se suele decir. Será por mis faltas al 5º Mandamiento que unos meses después de haber abandonado el colegio, entré en coma dos meses. Pero mi juventud me ha concedido un milagro, por eso todavía recuerdo como recién pasada la noche en que me despedí de mi compañero de banco. El Mono Suárez. Éramos los más divertidos del curso. Nos vimos por última vez en Agosto o Septiembre de 1999 y todavía lo admiro muchísimo. Fue gracias a su amistad que descubrí la importancia curativa de la risa honesta. Los cigarrillos eran los compañeros más cómplices que teníamos. Era lindo jugar a ser mayores. Algunas veces no entrábamos a clase, y en la ciudad bajo cero fumábamos una cajetilla cada uno. Todavía conservo sus letras técnicas en una cajita de Marlboro, la noche que me decidí a dejar el colegio para aprender a vivir de golpe:

 

Te voy a extrañar hermano

(Mucho)

25 de agosto de 1994

 

Cuando desperté del coma fue a uno de las primeras perdonas a las que llamé. Y al escucharme no me reconoció de inmediato, mi voz se había hecho finita gracias aquella invencible traqueotomía. Y entonces, por primera vez en nuestra amistad, le conocí lágrimas ventrílocuas a través del audífono. Fue un momento maravilloso para los dos.

 

Pero volviendo a mis padres. Al despertar, mis primeras angustias fue cuando mi padre: Bueno, dejo las minucias a un lado y voy a lo importante para el relato.

 

Empecé y abandone el colegio dos veces más en los años 96 y 98. Entonces fue que cobré el juicio por mi accidente. Setecientos mil dólares. Pero como confesé de otra manera, con otras palabras anteriormente, el dinero corrompe las voluntades. Y lo que hubiera sido una vida de alegrías y prosperidad para mi familia y para mí, se transformó en un inacabable juicio que duró dos años interminables. Me tuve que volver a ir de casa, con una pierna menos y un trauma que me impedía tener empatía con las personas, sin contar mi miedo a los autos. Y así fue que durante dos años viví prácticamente en la calle. Cuando mi familia, decía que me estaba protegiendo de las malas influencias. En fin... El Karma tendrá sus razones. Pero con el tiempo comprendimos que nadie podía disfrutar del dinero si estábamos tan separados. Y justo cuando mi abogado me recomendó firmar un pacto de honorarios, fue que nos arreglamos. Después pasaron otras cosas terribles. Otras no tanto.

 

Todo esto que habíamos pasado los años que siguieron les reproche muchas cosas. Y cuando me telefoneaban todos los días desde España para charlar... yo los trataba con indiferencia. Fue así que en diciembre del 2004 me quede solo en mi departamento. Aún no lo había conocido a Fernando. Y antes de las últimas navidades fue que decidí regresar a los brazos de mi familia.

 

Ahora que mis desvaríos mentales ya no son un secreto para nadie que me hubiera leído, y que mis posibles conocedores serán arbitrarios jueces de mis conductas una vez acabada la última de las oraciones confesionarias de mi escritura, yo prosigo hacia delante retomando de algún párrafo pretérito la amistad en la que Fernando y yo nos refugiamos, para salvar las distancias emocionales que había entre nosotros y el mundo de los normales.

 

Gracias a Fernando fue que ejercité mi fe. Cuando me contaba lo difícil que era su vida, esperaba a que se fuera de casa y me sentaba a reflexionar sobre qué hubiera hecho yo en su lugar. Entonces escribía. Me inspiraba salir al balcón (que Fernando había llenado de Pensamientos y otras plantas que no sé cómo se llaman), a tomar mate y mirar las estrellas. Me quedaba horas allí, solo, hasta que él volvía. Algunas veces, cuando sobre el papel aparecía la respuesta que yo estaba esperando, pasaba por la calle mi enamorada. Y yo me preguntaba qué relación tendría aquella casualidad con mis escrituras… 

No todos los hombres saben que la salida está en la observación de sí mismos. Me costó mucho que Fernando entendiera mis silencios. Y sabía que Fernando volvería a casa para desahogarse. Pero yo ya me había preparado. Entonces, cuando comenzaba otra vez a contarme lo malo que era el mundo, yo le señalaba su cama: ¡Allí, debajo de las sabanas!. Entonces Fer encontraba un sobre con todo lo que había escrito en su ausencia.

 

Eso que a mí me era tan fácil, él le daba el valor de un tesoro. Se emocionaba de veras. Y la atención que les ponía me llenaba de honores. Fernando tenía mil cosas que yo detestaba, pero era un hombre inundado de principios. Tal vez el cariño me haga exagerar, pero recordaba siempre cada detalle que yo tenía con él. Y me los recordaba cuando me ponía triste.

 

Lo malo de todo esto, es que cuando volvía de trabajar, casi siempre, pasaba por nuestro bar, y traía consigo un gramo o dos de cocaína. En esos días fue lo sucedido en Miami, el huracán. Miraba las noticias cuando me quedaba solo, los destrozos, la gente que se quedaba sin vivienda, y que hasta hoy debe estar desesperada. Entonces cuando él volvía yo le preguntaba: ¿Trajiste Katrina?

 

Al principio pude controlar mi deseo bastante fácil. Me era sencillo después de 4 años de no haber tomado. Hasta Fernando que desde su pubertad no había detenido el consumo incontrolado, se inspiraba a tomar menos cuando traía el plato con los lagartos y yo le decía: No, te agradezco. Después me enteraría que Fernando les contaba a sus amigos aquel rechazo mío como una proeza que pocos han logrado en la vida.

 

Así fue, que empecé a darle consejos para que fuera dejando. Fer, mi compañero, logró los primeros pasos para su recuperación, estando 14 felices días sin consumir. Yo le había recomendado que cuando saliera de trabajar, inmediatamente gastase el dinero en pequeños lujos, y volviera a casa sin pasar por el bar. En esos 14 días, Fer siempre regresaba con suéteres nuevos.

 

Y la noche 15 fer me llamo antes de venir.

 

Me dijo que había encontrado dinero. Un pasajero se había olvidado un billete de cien pesos, y también una caja de chicles. Y como si algo nos estuviera tentando, esa noche compramos 3 papeles, y ya no pudimos retroceder. Llegó un punto en que nuestros roles se invirtieron drásticamente. Él ya había dejado de ofrecerme, y yo le pedía el último suspiro.

 

Voy haciendo rápidos estos recuerdos, me lastima haberme deshonrado tanto por aquella falsa felicidad, que no duraba más de 5, 10, ó 15 minutos. Espero que la omisión de momentos vergonzosos, me sea perdonada por mi Deber de Enfrentarlos, y ya no cuenten para Él. Esperaré que me entienda, y que este relato sea como una compensación de mis faltas, pues yo siempre supe lo que tendría que haber hecho. Pero en la soledad, y necesitando revancha de las injusticias y equivocaciones que uno le reprocha a la vida, nace la rebeldía contra uno mismo. Si no la tuviese, diría que la Consciencia es el enemigo que siempre acaba venciéndonos. Todas las adicciones que gocé primero y sufrí después, lograron no sé cómo mi defensa.

 

Nunca llegamos a vender nada, ningún electrodoméstico ni ninguna campera. Cuando no hay dinero, se ve al puntero y se le ofrece algo de valor por algunos papeles.

 

Una noche de aquel aventurero invierno, Fernando trajo como casi siempre un poco de Katrina. Cuando la acabamos no teníamos más dinero (entonces no me paré a ver lo distinto que yo estaba de seis meses atrás, y ahora entiendo porqué la llamaba tramposa. Pero yo en esos momentos era muy necio, no escuchaba razones y todo tenía que ser a mi modo. Entonces abrí el cajón de la mesa de noche, y saqué temblando por mi vicio la caja donde guardaba los pequeños recuerdos de toda mi vida, lo más valioso para mí. Entre todas las tarjetas, las cartas de amor, y los objetos que en otros momentos de cordura me provocaban lágrimas y emociones, se encontraba lo que yo a ciencia cierta ya tenía seleccionado en mente.

 

Cambié –yo, Damián Nicolás López Dallara, retratista de mujeres bellísimas, teólogo por la curiosidad que me provocan las Cuestiones Profundas, narrador de historias emocionantes que dan esperanzas al prójimo- el anillo que me había regalado la mujer que mejor me amó hasta este día, por siete gramos de un veneno que daba la felicidad más efímera, desconocida y agraciada por los hombres en mitades iguales.

 

Después, pasaron unos días de reflexiones. Y así elegí el destierro, como cuatro años antes elegí a la mujer que amaba, para darme una oportunidad de felicidad junto a lo único que el Destino es incapaz de quitarme. Mis escrituras, mis reflexiones. Y mis vergüenzas.




Degüello



 

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02 de Septiembre, 2010    General

Epistolario




 

 

 

¿A mi Corresponsal, tal vez, podría ir dirigida esta estática odisea, que cruza rizo por rizo cada centímetro escribible de esta cuartilla? En su transcurso, el tiempo y la precisa medida de mis cursivas, hacen pasar a mi simulada impaciencia por un imperceptible tamiz, que logra dejar a mi espíritu sin impurezas, para que la punta de mi bolígrafo se deslice crudamente, consumiendo el blanco de cada renglón, que vaticina otro renglón vacío.

 

Ser huérfano de tu afecto es algo que sabe extraño. Uno empieza a notar que los meses ya no tienen festivos. Y se vive aguardando despertar y haberlo olvidado todo.

 

¿Con qué motivación comenzaría a consolar tu intocable melancolía, si sé de antemano que estas palabras no tienen más destino que una ermitaña caja de zapatos? Antes que Hades reemplazara las anochecidas visitas de Morfeo, sé muy bien que prometí contestar tus cartas lo más deprisa posible, para que mis caligrafías te enamoraran de nuevo y así –ante la orgullosa Soledad-, prometieras nuevas monogamias, fecundadas en tu pretérito corazón por estas demostrativas tintas. Lamento mucho que tantos años hayan separado tus viajeros párrafos de mi impotente contestación.

 

Ahora que el azar nos ha cerrado las abruptas puertas de los reencuentros inesperados, en vez de recordar nuestra particular intimidad, nuestras deliciosas oralidades, o nuestro prócer cariño, casi siempre cuando evoco memorias que ningún siglo desgasta, pienso en todo lo que te he ido prometiendo a lo largo de nuestras mitigantes hablas y, todavía hoy, no conseguí darte, ni siquiera en mitades. Ahora que mi sol se esconde en otro este, me doy cuenta que no he hecho todo lo que pude para estar a tu lado. Y viviré con este dulce remordimiento para siempre, pues se me hace más que difícil el regreso a mi querida tierra cuando supe que ya no me esperarás más. Frente a un obispo frustrado te he prometido amor para siempre; y aún mantengo mi devoto empeño. Pues tú ya sabes que  las cópulas y las miradas nos engañan, por un segundo, con un amor instantáneo, pero que muere a la primer convivencia. Y mueren más todavía cuando uno espera que todas las rutinas futuras sean una minuciosa réplica de los momentos en que habíamos conseguido la rebosante felicidad.

 

Cuando ayer las ineficaces estrellas interpretaban para los campos de trigo  y para los caballos cuadrúpedos el opus de sus copiosas costelaciones, pensaba que estas letras tartamudas deberían rendir un homenaje a los injustos años que hemos forzado imprevistos acercamientos; honor a las catástrofes superadas y, también, un suntuoso tributo al fruto de nuestro amor. Estos demorados epistolarios merecen completarse con oraciones que sólo unos pocos puedan escribir. Ojalá yo estuviera en condiciones de mil cursivas que honraran a tu entendimiento vencido.


En la víspera de este otro día, ahora que el sol nos da un respiro de 2 ó 3 horas comparado con la estación pasada, se cumplió un año entero de haber llegado a este país guarnecido de abundancia. Y yo me detengo a pensar si es que los que fueron míos y tuyos irán de vez en cuando a visitarte, si hablarán contigo a través de la espesa tierra cenicienta. ¿Quién te convidará cigarrillos, ahora que esos artísticos dedos sostienen nada más que la ingravidez? ¿Qué será de tí tras cinco claustrofóbicos años? ¿Qué dirán de ti las personas del barrio, donde prodigaste tu dulce niñez y exótica adolescencia? Ahora que ya no existen posibilidades de nuevas misas: ¿Los mendigos de las iglesias recordarán en algún futuro que nuestras manos se separaron para darles una patética moneda? Todas esas cuestiones no se encargarían de cambiar algo. Y sin embargo tu eterna ausencia exige que las resuelva. Será que los hombres sólo son dignos del amor de los ángeles cuando se dejan transportar por fantánticas inquisiciones, que no tienen enmienda. Me gustaba mi vida como si se hubiera tratado de una confiada aventura. Ahora nada más mis escrituras borrocas sólo recuentan ciertas partes de mi ayer anecdótico: como si mi mente o mi memoria fuera una elite de de vivencias, yo quiero únicamente contar mis arrepentimientos para que en mis indagadores, promuévanse valentías inspiradas por mi tremendo vacío soportado.

Y contarles a través de dignificados relatos lo equivocado que yo estuve, pensando que siempre nos espera una revancha. Yo ya nada más preferiría que esta vergüenza se vaya enterrando en la desmemoria. La inundada osamenta me advirtió que nos arriesgamos a perder mucho por esa soberbia confianza que depositamos en la perpetuidad. Las cosas se pulverizan.

 

 

 

 

 

 

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25 de Julio, 2010    General

Una vida para amar

 

 

 

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11 de Mayo, 2010    General

El olor a las caracolas


 

 

 

13 de marzo

Mediodía

 

El retrato del cocker todavía está en el atril, pues en sus rasgos carbónicos se presiente que falta algo por esbozar: quizás más desparramadas de la heterogénea garafiteada, para que el dibujo adquiera una profundidad más homogénea, pues a como está ahora hay mucha tonalidad en los ojos y en las puntas de las orejas, pero la mirada que lo recorra puntillosamente, podrá decir del perro que es un bosque sinuoso de andar. Fallaron los retoques del 8B para que la camuflada punta de la trompa adquiriera un expresivo relieve. Posicionado en una postura alzada, sus ojos vigilan cada rincón de la habitación, como si se tratase de una Gioconda infinitamente tristona.

 

El mate y el humo del agua a punto que jamás permito se hiervar, las burbujas que cuando cebo salen a flote, como si fueran aplastadas burbujas de hidrógeno y de oxígeno emergiendo en un jacuzzi de lodo oriental... Todo ha vuelto a ser igual que antes. Aunque con diferencias importantes: Ya no ando como antes escarbando en mi memoria, en la búsqueda de una experiencia digna para escribirse, de un tema menos mediocre que mi mediocridad. Ahora sé que apenas me siente, tengo la muchísima madeja de su leyenda para desovillar.

 

Aún sigues siendo lo más importante en mi vida. Me diste historia.

 

 

 

 

 

M

acha solía elegir trabajos donde el 99 sobre 100 de los puestos estuvieran ocupados por hombres. Una mujer tan hermosa moviendo maquinarias de construcción. Resaltaba como un Dalí exibiéndose entre monettes. Pero tenía una razón: Macha sentía que implantaba justicia, primero dejando que se enamoren perdidamente pero luego impidiendo que la tocaran. Me duele tanto que no esté aquí. Sólo consideré a una persona para contarle que Macha se marchó. Sus argumentos me afirman que no volverá, pero me consuelo pensando que no lo ha analizado del todo.

 

Lo que me apasionaba de ella era que todos querían tenerla.

 

Cuela un sentido especial: como si hubiéramos hecho las paces, como si nos lo hubiéramos perdonado todo, como si estos dos meses sin ella no hubieran existido, como si de repente nuestro enamoramiento se hubiera remontado en un barrilete que vuela por los cielos del tiempo, y llegara hasta antes de aqulla noche en que me habló de un tatuador semiartístico.

 

 


 

 

17 y 18 de marzo

 

 

A

quí estoy para escribirte, para resumir en dos o tres oraciones el pomposo amor inquebrantable que siento y que seguiré sintiendo, conforme el anochecer avance y Salamanca se vaya desprendiendo de sus colores vivos, para al fin regarse con el alumbrado municipal.

 

A pesar de que en dos meses larguísimos no he marcado su número, pues en tanto tiempo hemos conversado miles de veces más. Y así presiento certeramente que tu voz quiere estar próxima.

 

A veces estoy a punto de dar el adiós definitivo a los cuadernos titulados con un Macha indeleble. Pero aún deseo que se escriban poemas cuyas estrofas se suiciden en un solo adjetivo que haga un silábico juego con su lores. Quisiera contar su historia tan rimada como en la Eneida, para que así ya no duela tanto el recuerdo de sus tragedias, que desde los 6 añitos la venían persiguiendo una tras otra, como si con aquel pecado que perpetró su madre se hubiera encendido la mecha de un holocausto, y a su paso domolía su vida, extrangulando un sueño tras otro como si fueran cayentes fichas de un efecto tequila.

 

Los días no apagan el pensamiento de ti. ¿Cuánto más fuerte deberé gritar -a los vientos de los montes salmantinos- que a pesar de todo te amo y que mi grito llegare a Alcalá?

 

Algunos días soy de releer lo escrito hasta el momento, y se me da por compararnos con la amada Erguida con Puño y Jonh Dombar, quien comenzó a endulzar sus estoicos apuntes militares compartiendo con su homérico diario el secreto de su amor, y por él confesando el despertar de su espíritu indio.

 

Con las reiteradas leídas, los suelos americanos viajaron hasta un Japón de más o menos la misma época, y el diario del teniente ascendió hasta ser las anotaciones de un capitán, el capitán Alegran, quien como su antecesor Dombar, se ve tan influenciado por la convivencia que poco a poco se va convirtiendo en un siux más. Pues semejate, así este capitán yanqui se va haciendo devoto samurai, y en su diario pasan los días de sus admiraciones por la cultura de la aldea, donde Alegran es prisionero hasta que se derrita la nieve del invierno igualmente hermoso. Las estilográficas anotaciones del capitán Alegran, quien cada día nutría con una hoja más a la fraternal camaradería que se acostumbró a sentir por  sus manuscritos. Así fueron engrosando las páginas escritas, de un cautiverio que es similar al tuyo o al mío. Pues esto a aquello se parece, salvo que nadie me fuerza para quedarme aislado, yo solo con yo y los hubiera sido que se encadenan a lo que fue nuestro amor.

 

Cuando el frío se fue de la aldea de Nobutana, hijo de Katsumoto, Alegran asustó con partir. 

 

La bandera que se llenó con la flameante estampa del tigre blanco, hizo que coincidieran la experiencia de una muerte indudable con una enigmática visualización del samurai Padre. Como las que deseaba que logre tú con el despreciado Silva.

 

Pero a pesar del menosprecio sentido a veces, me quedan tantos recuerdos hermosos de ti mi amor.

 

Como la mujer maltratada que termina aceptando los golpes como un inevitable cometa que chocará con el mundo en cualquier momento, pues con esa misma decepción he terminado por aceptar nuestra distancia. La siento como algo erótico. La vivo como la fuente escondida en el desierto, como un gran lodazal donde esporádicamente crecen los esperanzadores lotos de la creatividad. Todo gira en extrañarte. Y que si algún día busco noticias tuyas los mensajes que otros hombres me arranquen en el corazón. Entonces tendré que venir a desahogarme escribiéndote, para no estancarme en las torturas de un resentimiento apasionado.

 

También echo de menos aquellas solitarias veces cuando me sentaba a escribir para salvar los kilómetros a costa de largos epistolarios, ya que no me alcanzaban los diezmos para viajar hasta la estación de Henares, donde una vez me despediste con la miedosa súplica de un beso. Me encierro aquí buscando un detalle que tengan la suficiente dulzura como para contrarrestar el amargor de tu partida, menos amante con cada aceptación de este vaticinado desamor. Me fascino encontrando pastitos o arenas en la profundidad del cuadro: detalles misteriosos que necesitan de nuevas sílabas para ser expresados.

 

Me enamoré de su historia pero más perdidamente de su corazón. De cuando tenía chuchos de frío, que ciertamente parecía un corderito balando que me enternecía las células. Me derretía cuando perdía las casillas, cuando en esos momentos insultaba irritada, cuando hacía justificados sainetes. Ella siempre era auténtica. Los intelectos se los guardaba para sus libros y sus escritos. Una persona sin máscaras.

 

Prefiero existir cien días viajando a un pasado que tenga la tibieza de tu piel casi castaña, la inmensidad de tu olor a mar, antes que vivir en un presente donde tus ojos no existan.

 

(Tardecita)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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06 de Mayo, 2010    General

Tres pellizcos para el repulgue

 





 

 

 

A

 las puertas de la biblioteca Torrente Ballester,  un auto que me veda la distancia se cierra con un golpazo. Un pespunte colgante de la cortina apenitas  se mece, como si el vientecito que exhala esa súbita cerrada, misteriosamente subiera hasta el quinto piso y entrara por la ventana entornada. Como si fueran aquellos tules volátiles que celebraban la venida de Venus [tules de seda que dando enruladas danzas le acariciaban el aura a la diosa], pues así la cortina con índoles escoceses se derrite sobre la hoja abierta de la ventana, parecida a los relojes dalintescos que colgaban de las ramas otoñales como un mantel que se pone a secar en el bosque. O a los violines desinflados que Salvador pintó en…

 

Como 3 pellizcos para el repulgue de una empañada gallega, el cuadrillé de la cortina escocesa se estruja en las esquinas altas de la ventana. Y desde ahí se despliega en milagrosos garabatos de dobleces.

 

 

 

 

 

 

23 de febrero

 

Aún sigo aquí. Escribo porque me siento más cerca tuyo.

 

Ahora me dices que nadie sobre el mundo merece más que yo una sonrisa de la vida. Pero desde enero que me pregunto cómo es que pudiste insultarme de esa manera.

 

La verdad es que si hoy me muero, entre todas las cosas a las que debiera dejar forzadamente (entre ellas la emocionante espera de ti),  habría una razón que me alegraría un poco: pues sé muy bien que el resto de tu vida lo vivirías pensando que el último recuerdo que me quedó de ti fue aquel eres un hijo de puta.

 

Hubo días en que pasaba la noche entera deseando que por la mañana me llamaras para que todo se arregle. Pero cuando despertaba nunca tenía mensajes tuyos, y los dos que me habían llegado, poco menos me bautizaron de miserable. Esos mensajes llegaron con la insinuación de una amenaza: que ya tendría lo que me merecía.

 

 

 

Por eso: ¿qué sería de vos si hoy muriera? Seré para ti el segundo internado que fallece. También él te pretendía.

 

Los humanos somos tan frágiles, mi amor. Cuando vamos en bici nos dejamos llevar por la cuesta abajo, sin percatarnos de que a los autos le sienta igual que nos estemos o no divirtiendo, con tal de llegar al parking  antes de que lo ocupe el gordo de la oficina de al lado.

 

Echo de menos tus traducciones. Cuando me llegaban los versos de Young doblados al castellano. Ellos contaban de tu rabia con el mundo, latiendo bajo esa inocencia de los 6 años.

 

Lo único bueno que tienen las desgracias en esa edad, es que permanecemos siendo niños para siempre. Pues el maleficio nos deja esperando vivir lo que nos fue vedado por las circunstancias.

 

 

Las ocho de la noche

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

24 de febrero

(un número especial)

 

Debí fijarme en la fecha antes que abandonar la cama. Los 24 soy propenso los accidentes y a los sainetes. Pero bueno, esa es otra historia.

 

He venido a escribirte hoy porque quiero tomarme el atrevimiento de darte una contestación que no me has pedido.

 

El paso de este febrero se fue haciendo un poco más lento tras cada día que tus deseadas palabras estuvieron ausentes. Pues desde el diez de enero esperé cada vez con menos esperanzas esa llamada, pero a su vez cuanto más ansioso de oírla estoy a lo que estuve durante la primer semana luego de que prometiéramos no vernos más.

 

Recién ahora me acuerdo: hoy me desperté soñando que discutíamos. Nos encontrábamos y peleábamos por dinero. Hasta el último segundo fuimos nobles: no se reclamó lo que fue de regalo. Y tus últimas palabras fueron: ¿porqué no pasas a tomar algo y te quedas para siempre?

 

Luego desperté.

 

 

 

 

 

¿Febrero veintiqué?

 

Eran las cuatro de la tarde cuando salí. El andar de una mujer me hizo acordar al tuyo. Al compás de cada taconeo el movimiento de sus glúteos me impregnaba con una excitación que aclamaba al sexo. La seguí tres calles, impactado por el parecido. Nada más me conformaba con verla. Era como si hubiera estado cerca de ti.

 

Bendije la duda porque consiguió que dejara de pensarte por un momento. Tú me has enseñado lo que significa una pérdida importante. Ni siquiera escribir un libro había preparado a mi corazón con la seguridad suficiente para superar tu distancia. Hoy es una tarde en la que me hace bien echarte en esa cálida cara todo los reproches que no te había dicho: Debiste haber escuchado más.

 

¿Pero para qué necesito trenzarlos  sobre esta hoja? Si tan sólo al mencionarlos en mis pensamientos fueron menguando la influencia corrosiva que ejercían maquiavélicamente sobre mi alma sustanciosa. Una ceguera: eso es lo único que conseguiré de tanto escribirte.

 

Hoy por hoy, en este día, en este asiento duro, prefiero articular oralmente mis emociones antes de que formen un largo mechón rizado como tus bucles de princesita, de la ricitos de oro que usó la cama de los tres osos. Mi amor… tu imagen de fantasía siempre aparece para dar riego al desmesurado anhelo que se funda en tus palabras.

 

¿Qué significa este repentino vacío de ti? Ya no le temo al recordarte.

 

Las réplicas de ayer han evolucionado hasta un consistente dolor que se funda en la añoranza de ti.

 

3 de marzo

 

 

Mi corderito enfermo.

 

Eras tan hermoso. Hasta la peste se convirtió en una tierna equivocación de la vida si la llevabas pegada tú. Cuando me voy a dormir siempre me llevo al lado la caja multiuso que te servía como pesebre. Pero ya no me despierta tu cencerro madrugador ni tus balidos de eseoese. El desamor es una esperanza muy, muy larga, que se enfoca en tu vuelta a casa.

 

Mi corderito enfermo… Mi pequeño yang.

 

 

 

Mediodía

 

 

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18 de Abril, 2010    General

Disney






 

Como el aburrimiento de los niños se aprovecha para crear personajes que se arriesgan a la aventura, o también para imitar personalidades o profesiones que son difíciles de desarrollar durante el resto de nuestras vidas, yo protegía mi frágil psicología jugando a que era piloto de un avión que rotaba sus eficacias dependiendo de mis sensibilidades. Con la tuca de una tiza, bajo las extendidas longitudes de la mesa centrada, dibujé brújulas aéreas y relojes que marcaban la tan soñada altitud. En los cuatro laterales dejé botones y desperfectas palancas meridionales que se subían y se bajaban con la presión de mis cuatro dedos mayores. Era precioso.

 

Releyendo las páginas de mi historia, luego de la mesa, en la pared del fondo, había un modular enorme que lo sargenteaba todo. Allí se resguardaba el dinero de nuestras caprichosas edades. Una vez papá dejó de atender, y como el cantante que deja el escenario para tomarse un wisky, hizo algo que nunca había hecho antes: dejó el negoció y entró a la casa con un particulares prendido. Otro hombre le seguía. Abrió la decorativa cerradura del modular. Y retiro los ahorros que se destinaban al alquiler y la luz. El hombre que lo seguía le estaba enfriando la columna con un cañón antiguo pero efectivo. En la cena de esa noche mis padres remataban los comentarios respecto al tema con menos mal,  porque en vez del dinero grande, el ladrón se fue de la casa con unos puchitos que comprarían un chango lleno de víveres en el mercado Zanella, pero la suma importante se quedó en su lugar, ya que papá había previsto aquella desgracia y escondía el dinero del alquiler en la misma puertita que un diezmo de no sé qué, sólo que abajo de documentos distintos, para que si pasaba lo que ocurrió dejase contento al chorro con la medalla de plata, pero se fuera pensando que había cortado él la cinta de los cien metros.

 

Papá era inteligentísimo

 

 

 

Aún más a la izquierda del mueble banquero, un perchero se momificaba todos los días con las camperas de invierno, típico del buen gusto de mamá. En ese rincón, enseguida otra entrada de dos puertas que nos tenía preparada una galería blanca y alargada. Dividieron ese pasillo con una madera que mamá empapeló de nuevo cuando ya podíamos ver la estela de cada año. Allí enfilaron las camas donde dormíamos con mi hermana. El techo era en caída. Y me gustaba escuchar la lluvia que borboteaba sobre el tejado bordó. Los sábados y domingos papá siempre hacía un asado, y los hermanos dormíamos hasta tarde. Mi cabeza estaba apenas al ingresar, y en los fines de semana los pasos de papá me desperezaban. Levantaba los ojos en la penumbra y través de unas cortinas iguales a las que sembraban cinco o seis flores en negocio, lo espiaba a mi viejo que entraba a la casa para amontonar el dinero de los impuestos puchito sobre puchito, cuando venían las viejas gordas para elegir la parte más exquisita del costillar, y dejar en la casa los pesos para los lujos que nunca pudimos darnos, puesto que en el hogar que mis padres formaron no nos faltaba lo básico pero siempre teníamos cosas que componer o que actualizar. Hasta que papá cobró bien de nuevo, en casa nunca hubo nada moderno. Comprábamos los guardapolvos largos para poder hacerles los dobladillos y que nos sirvan para el año que iba a venir. O si no me compraban las Adidas falladas, que por un milagro salían de fábrica tan diferentes como los nigerianos que sin perseguirse andan por las calles de Saubtormesinas. Llevaban el error como un virus del Sida escondido en los linfocitos. Pero gracias a ello a mamá le costaban la mitad. Cuando era chico me emocionaba que mamá se decida a hacer cambios importantes: comprar una cocina nueva,  pintar un ambiente. Nos entreteníamos cambiando la casa gracias a ideas nuevas. Mamá me hacía las carátulas de los cuadernos. Y a Mary también.

 

Como lo hubiera justificado si fera Borges, "Con el tiempo" algunas cosas se van perdiendo. Porque yo no sé en dónde se habrán quedado aquel magistral gato con botas, que mamá me había pintado para empezar el cuaderno de 3 grado: todos los gatos lindos tienen que ser rechonchos. Una espada derecha cortaba en dos al perspectivo castillo de algún marqués que de seguro no era el de Carabás, cuyas opulencias se recocían a escala. El felino era un mosquetero precioso.

 

Tampoco sobrevivió el Blancanieves de Mari, o algún Gepeto que tenía en las gafas una canica de sol.

 

Dentro de los lujos que pudimos darnos, siempre que venía la tía Beatriz íbamos al mercado y comprábamos cosas lindas para la escuela. Un sacapuntas de Pluto o de algún cachorro de dálmata que se había salvado de la Cruenta, y yo –con una emoción destructiva- les apretaba el hocico mocho cuando nos quedábamos solos. En esa misma colección estoy seguro que también Mikey formaba en tropa, porque para reírme de su ridículo, yo le tapaba los ojos doblándole las negras orejas hacia adelante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Corrección Ortotipográfica y de estilo

 
-Dequeismos
-Pleonasmos
-Anfibología
-Cacofonía
-Impropiedad
-Adequismos
-Tautología



Reformas sintácticas y gramaticales
Redacción de Textos literarios y no-literarios




Otros trabajos,

http://asterionyyo.fullblog.com.ar/


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12 de Abril, 2010    General

Annapurna

 

 

 

Para verte de nuevo subiré hasta el Annapurna;

Allí en lo alto aclamaré tu nombre con un grito;

Sostendré como a una hoja esos mechones color trigo

Jalándote del Paraíso otra vez a tierra firme.

 

Tal vez Dios olvidase por completo

Sellar con un candado tu trágico aposento.

Y así mis manos ciegas hurgarían en las nubes

Buscando asir alguna cinta descuidada

Que de tu bolso aún se cayera prisionera

Por la guardiana gravedad que te insistía

Volver volando hasta tu casa.

 

Y de un tirón traerte

De nuevo a tierra firme.

 

Para verte de nuevo subiré hasta el Annapurna

Clavaré primero una bandera para honrarte

Se quedará en paz la Muralla con tu arte

Y que no codicie un alma más el Funebrero.

 

Para hacerte de coraje dedicaste poemas a la muerte

¡Oh, valiente! Ojalá esa pluma le hubiese dedicado

Eneidas a las mares inocentes.

Y no a ese canoso asesino gigantezco

Que sepultó tus últimos suspiros

Bajo tierras de esquiadores.

 




Para verte de nuevo subiré hasta el Annapurna

Estiraré mis brazos en la atmósfera diurna.

Y si la puntita de mis dedos alcanzare

Ese blanco mausoleo que estrenaste:

Pues con una frágil uña...

Yo el mundo engancharía a tus mochilas,

Para que el peso de esta tierra te jalase

De nuevo a tierra firme.

 

Para verte de nuevo subiré hasta el Annapurna

Y si aquella Cima escuchara mi lamento

Oxigenaré una vez más tu helado cuerpo

Si el Cielo te trajese con eso a tierra firme.

 

¡Ah, valiente! Que tu mirada azul hiriente

Baje ya de ese etéreo escondite a tierra firme

Besando aquellas nubes añoradas.




 


 

Para verte de nuevo subiré hasta el Annapurna.

Y si tropiezo con tu tumba:

Por los tuyos ofreceré mis leucocitos.

A ver si ese Cardiólogo deforme pica el cebo

Y te cuelas otra vez en tierra firme.

 

Para verte de nuevo subiré hasta el Annapurna

Hasta dar con una roca excavaré en la nieve dura

Y encima de su mole grabaré este verso insigne

Si con ello te trajese

 

 

 

 

 

 

 

 

De nuevo a tierra firme.

 

 

 

 

 

 

11 de septiembre de 2008

A la memoria de Iñaki Ochoa de Olza

 


 
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09 de Abril, 2010    General

Tiempo para una guerra



 

 

 

 

 

 

8 o 9 de abril

 

 

Hoy por hoy, comienza a anochecer dos horas más tarde que el diez de enero. En esa benigna diferencia pueden coexistir miles de cosas.

 

 

En esas dos horas de día pueden colarse tantas calles nunca antes vistas, tantos gorriones que me harán decirle un réquiem a mi milagros. Con dos horas de atardecer podemos añadirle a nuestra memoria tantos árboles nuevos. Bastan dos horas de día más para que una rama antes calva hoy esté florecida.

 

Con estas dos horas más de día puedo alcanzar -por ejemplo- las colinas que más alejadas están de casa. Subir a la cumbre sintiendo que soy Colón y que esa cima es mi América. Inflarme con una ráfaga de brisa como si fuera el aire del mar. En esa añadidura de luminaria puedo mirar al sol que se marcha para cantarle un sentido himno con mi admiración. O idolatrar a los tonos púrpuras que visten los horizontes subtermsinos en el ocaso. O creer más en Jesucristo, porque veo a la luminiscencia cayendo al mundo por las rendijas de una nublada opulenta.

 

 

 

 

 

 

 

 

Y por último dejarme caer rodando por la pendiente pedregosa que me da envión para la vuelta a casa, jugando a que esa cuesta abajo  es un tobogán con obstáculos: descender sorteando las trampas  que dejó allí sabe qué dios, apretar más los frenos para que esta vez no me falle la inteligencia, o esquivar los pozos para que mi ojo no se arrastre por el declive del monte. Entonces evitaré varios meses de duelo, ya que no se me rompió de nuevo la paleta de porcelana.

 

 

 

Dos horas de día más pueden querer decir 5000 metros de río que no había visto antes. Entrar en Babilafuente o Aldehuela, y quedarme 5 minutos analizando el milenario nido de una cigüeña que adorna el techo del campanario. Sentir el frío de las miradas que me acusan por forastero. O preguntarle al apartado electricista dónde se abre el camino para ver a mi Tormes atardeciendo.

 

 

 

 

 

Dos horas de día más pueden querer decir estrenar siete kilómetros por la carretera de Madrid, y volver a casa antes de que anochezca. Esas dos horas de luz significan mucho para un ciclista, pues si al volver voy cansado, para tomar un descanso del pedaleo infrenable, puedo hacerles gancho a un respiro con la coca-cola, si es que me detengo en un quincho inmenso que huele a los extraviados asados que emparrillaba papá, y siempre se está manifestado a la repatriada derecha de la ruta, como si fuera el nicho que guarda en paz a la madre de todos los camioneros. Y entonces la van a visitar cada vez que se acuerdan. Esas dos horas de día más significan que en ese bar de las almas que están perdidas -enchapados antiguamente con trajes gris y marrón-, yo haya visto a los bisabuelos jugando solemnemente una mano de muse, pensándose cada carta como si se estuviera jugando un ajedrez entre 6 o 7 Kasparov.

 

 

 

Dos horas más de día pueden marcar la diferencia entre un regreso a casa en bicicleta o en ambulancia: ya que los conductores me ven mejor cuando la claridad embucha a lo ciudadano.

 

 

En dos horas de día más pueden caber tantos corazones injustamente destrozados.

 

Esas dos horas más pueden marcar la diferencia entre un mañana productivo y otro que será ocioso. Pues -como si fueran las verrugas en la cara de un viejo- durante el regreso a casa  hay una cantidad de locales desparramados por la ciudad que vendrían bien para ponerme una librería. Pero está obscuro y yo no puedo fijarme bien si tienen colgando el cartel de se alquila.

 

Dos horas más de día pueden marcar la diferencia entre un delito intelectual y otro de hecho, ya que el violador no ataca cuando aún hay luz.

 

Una guerra de Malvinas cabe en dos horas de día, si es que el anochecer comienza dos horas más tarde que un diez de enero. O 150 cuartillas escritas con la estudiada pena de las madrugada. Dos horas más de día significan todo eso.

 

 

Más tres meses sin el ella.

 

Nicolás Lopez Dallara

(almuerzo)

 

 

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